¿Súper ciclo? ¿Y si ahora llega?
Desafíos y brechas desde la materialización de los proyectos mineros.
Por Carlos Edo. Fernández N., Líder Productividad, GT Minería, Cámara Chilena de la Construcción
Durante los últimos meses los reportes del clima, con una asertividad envidiable, han permitido preparar escenarios ante la incertidumbre de la naturaleza. En relación a la inversión y los proyectos, debiera ser más simple: los datos son cuantificables, casi binarios y además consensuados por distintas fuentes: CBC, COCHILCO, Consejo Minero, Cámara Chilena de la Construcción, Ministerio de Minería.
Parece hasta reiterativo entonces partir una columna con las perspectivas de un nuevo “súper ciclo minero”, pero bueno acá vamos: los datos muestran que Chile se encuentra ante un escenario histórico para reactivar y consolidar su liderazgo minero. La cartera de inversión minera proyectada para el período 2025–2034 asciende a la imponente cifra de US$104.549 millones con el cobre y el litio a la cabeza de la transición energética global.
Sin embargo, ya bastante avanzado el 2026 y a pesar del precio del cobre, el ciclo no termina de activarse, mostrando solo «brotes verdes». Dado el desfase y retraso en la activación, lleva a dudar, más aún si las empresas deben tomar decisiones económicas para prepararse, pero ¿existen bases para estas expectativas?
Los fundamentos técnicos parecen sólidos: US$84.684 millones se orientarán a proyectos brownfield para mantener, optimizar y ampliar operaciones existentes, es decir, se debe materializar para sostener la producción, prolongar la vida útil de los yacimientos e incrementar la capacidad operativa, además el alza significativa de carga en las empresas de ingeniería, así como el avance en el desarrollo de los proyectos confirma que la etapa de ejecución de las obras es inminente.
En relación a la materialización de los proyectos, un dato estratégico que suele pasar desapercibido es que el 63% de esta inmensa cartera de inversión corresponde de forma directa a obras de construcción (vías de conectividad, infraestructura hídrica, desaladoras, plantas de proceso y redes de energía). Es la construcción, en su rol habilitador, la que materializa físicamente el potencial geológico del país.
Entonces, vamos a la pregunta, ¿dónde debemos mejorar para estar preparados para el escenario que viene? El diagnóstico de la industria es claro y compartido, identificando cuatro desafíos centrales: cultura de confianza y ética; gestión del talento y capital humano; modelos de negocio, contratación e inversión y productividad y colaboración. Es precisamente en este último punto donde radica una de las brechas más críticas: la productividad laboral de la construcción se encuentra estancada, registrando una tasa de crecimiento anual compuesta de apenas un 0,4% entre los años 2000 y 2022, muy por detrás del 3,0% de la manufactura y del 2,0% de la economía general. La productividad ha dejado de ser un simple objetivo de optimización operativa para transformarse en una condición crítica de sostenibilidad económica y ambiental.
Hoy, un megaproyecto minero rara vez falla por la calidad geológica del yacimiento: falla por la incapacidad de ejecutarse dentro de los costos y los plazos previstos.
Llevamos décadas repitiendo un patrón ineficiente donde los grandes proyectos promedian sobrecostos del 79% y retrasos en los plazos del 52%. Este daño se origina principalmente al inicio, debido a un modelo contractual transaccional tradicional que fragmenta la ingeniería de la ejecución en terreno. No podemos pretender construir la infraestructura minera del futuro utilizando las desconfianzas contractuales del pasado.
A esto se suma una creciente brecha tecnológica. Como señala el economista Ricardo Hausmann, las grandes empresas chilenas destacan por su inversión en tecnología, pero no la desarrollan internamente (que es donde están los problemas). El verdadero salto productivo ocurrirá cuando las empresas identifiquen sus dificultades específicas, imaginen soluciones e inviertan junto a las universidades, creando tecnologías locales de exportación que generen nuevas soluciones o procesos y mayor valor a los proyectos.
El desarrollo moderno proviene de una “red invisible»: la capacidad de especializarse, compartir ideas y colaborar en un objetivo común. En la minería ocurre exactamente lo mismo. El éxito de los grandes proyectos del mañana no provendrá de esfuerzos aislados de mandantes presionando en terreno para «ir más rápido», sino de nuestra capacidad para integrar la cadena de valor completa. Para que el nuevo ciclo sea el motor de nuestro desarrollo a largo plazo, el sector privado minero, las empresas y la academia debemos atrevernos a cooperar de una forma radicalmente distinta, reinventando la industria desde la confianza.


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